Chapter 45: Chapter 42: you VI
—Tal vez tengas razón —contestó—. Pero entre todos ellos, tú fuiste especial.
—¿A-a-a qué te refieres?
Abrí un poco la puerta, y en esa pequeña rendija lo vi. Cómo ella tomaba su mano sin permiso, mientras lo veía a los ojos. —Entre todos ellos, nadie me hizo sentir tan especial —empezó—. Fuiste de los que más me hizo gemir.
Capítulo 27: Zapatos Marrones III
Al narrar esas palabras lo escuché: cómo su lapicera caía al suelo con un plim plim. —¿¡Qué acabo de decir!? —gritó la doctora, golpeando el escritorio con más fuerza de la que yo usé ese día.
Abrí los ojos, sintiendo lo pesado de mis párpados. —Lo que entendió, Hirise —contesté, apretando la barbilla—. Lo intuí hace mucho, pero por amor confié.
Ella tomó asiento, con los brazos extendidos, viendo al suelo. —El joven Brown hizo lo que pienso.
Negué con la cabeza, viendo cómo su cuello recuperaba fuerzas. —Antes de que se adelante, déjeme explicarle mejor las cosas —le dije, cerrando los ojos—. Ella solo tomó la mano de Nolan.
—¿No hizo nada más? —tragó saliva.
—Yo me quedé detrás de la puerta, viéndolos por apenas una rendija —tragué saliva—. Mayo, sobre la mesa, sujetaba su mano y, sin permiso, se acercaba peligrosamente a él.
Si abría más la puerta, el chirrido de las bisagras me delataría, y yo no debía permitir eso. Así que me detuve, tapándome la boca con una mano, mientras con la otra apretaba las vendas.
Ella, con una mayor iniciativa, se puso de rodillas. —No puedes negarlo —sonrió—. Nadie más puede tomar mi lugar. ¿O me lo puedes negar?
Nolan no respondió; solo desvió la mirada, mientras su mano intentaba tomar distancia. Ella le clavó los ojos, lo atravesaba con su mirada marrón. —Conmigo sentiste lo que es el amor —declaró, acariciando su palma con dos dedos—. Fuiste capaz de sacrificarlo todo; por eso lo sé.
Él tragó saliva, mientras abría la boca, intentando decir algo que se atascaba en su garganta. —¿Q-q-q-qué sacri-cri-fiqué?
Sonrió. —Las noches que pasamos hablando, los regalos que me diste, los secretos que me contaste —él apretó su mano—. La intimidad que tuvimos por horas.
—Yo... yo... —intentaba decir, pero se detenía por alguna razón.
—Acéptalo, Nolan. Lo sacrificaste todo —dijo, levantándose un poco, tapándole la luz amarilla de los ojos—. Por una conexión única a mi lado.
Despegó los dedos de su mano; los de Nolan respondieron, como si les arrebataran algo esencial. Pero ella no se detuvo, pasándolos cuidadosamente por su brazo, hasta llegar al pecho. —Una conexión física, que te hacía desear sentir cada parte de mí; no solo verme, tocarme.
Alzando la mirada. —Quería tenerte —susurró él, mientras mis manos apretaban mis vendas hasta sentir que mis heridas se abrían.
Pasó una mano por su cuello, rozando sus venas con cuidado, hasta llegar a su mejilla. —Lo recuerdas, mi dulce café de vainilla —rió, mientras Nolan elevaba su mano hasta su cuello—. Esa conexión emocional, donde tú sentías lo que yo necesitaba.
Él sonrió, apretando su cuello en un movimiento que la hizo gemir. —Siempre te traté duro —declaró, escuchando el gusto de Mayo—. Siempre me gritabas que lo hiciera.
Ella lo abrazó detrás del cuello, recostándose sobre él, mientras él colocaba una mano para que ella apoyara sus piernas.
Al estar unidos, hombro con hombro, ella despegó un dedo, colocándolo en su cabeza. —Cuando hago cosas así, tu cuerpo lo recuerda —le indicó—. ¿Tú también lo haces? —ella se acercó, susurrándole algo al oído que apenas pude escuchar—. Tú también recuerdas esa conexión. La conexión que nos hacía sentir así.
El aire quería salir de mis pulmones, explotar en un grito. Pero mi mano trabó su flujo natural, mordiendo mi palma, como lo hacía en ese arbusto. —No... no... —susurraba solo para mí, mientras mis ojos caían en el exhibidor de pastelillos, recordando la hoja fría, esa asquerosa excitación.
Cerré los ojos, escuchando su agitado respirar.
Dejé caer la mano de mi boca, porque ya no era necesario. Ryne en mí se estaba rindiendo; no lo hacía como antes, no me pedía ayuda de forma verbal, solo sabía que la necesitaba. Pero al tocar la puerta, mis dedos se detuvieron.
Ella me detuvo.
—¿Ryne? —susurré, viendo cómo nuestros dedos temblaban—. ¿Qué haces? —pregunté, bajando la mano, viendo mi rostro en la manija circular—. Ella nos hizo daño.
—Pero no me quiero arrepentir —me respondió, con nuestro rostro deformado en la superficie dorada—. No quiero que otra persona muera. No quiero volver a sentir su sangre entre mis dedos.
Yo la miré, con una lágrima cayendo por mi mejilla, sintiendo su dolor, su empatía. Aunque le costara admitirlo, quería a Mayo. Aunque la lastimara, sin motivo o lógica alguna, la quería viva.
—Por favor entiéndeme —pidió, colocando una mano en nuestro pecho—. Tal vez hiciste algo malo en tu pasado, en nuestro pasado —comenzó, sintiendo nuestro corazón latir en un ritmo que desconocía—. Pero ya no estamos en Noruega; estamos en Vancouver —soltó un chillido, tan bajo que estoy segura de que lo imaginé—. Quiero seguir siendo feliz, aquí.
Parpadeé un par de veces, escuchando el TonTon de nuestro corazón. Ton TonTon Ton TonTon. Algo en ese ritmo me revelaba lo mucho que ella lo deseaba, que yo lo pedía.
Cerré los ojos, viéndola con sus lágrimas caer; se acercó un paso, tomando mi mano. Sus dedos temblaban, pero eran fuertes. —¿También quieres ser feliz?
Parpadeé un par de veces, viendo mis dedos llenos de sangre. —Sí —le respondí—. Te dejaré ser feliz, Ryne Moore —le concedí—. Pero si algo pasa, no quiero que me detengas —elevé su mano, acercándola a mí—. Si algo pasa, reclamaré mi felicidad.
Asintió, mientras abríamos los ojos. Frente a nosotras esa misma escena. Suspiré, sintiendo cómo mis pies perdían la fuerza. Pero al alzar la vista, él bajó la mano, dejando de sostenerla.
—¿Qué haces? —preguntó Mayo—. ¿Por qué me dejas?
Nolan sonrió, una sonrisa que estoy segura de que nos pertenecía. —Aunque admito que estuve en tus brazos alguna vez —comenzó—. Quiero cargar menos peso; estar ligero con mi bella manzanilla.
Mayo parpadeó dos veces, estupefacta de sus palabras, mientras mis ojos brillaban.
—Contigo son dos semanas que se sintieron como un siglo —continuó Nolan, y escuché el sonido de la cafetera liberando el vapor—. Eras como un huracán, Mayo. No sabía si íbamos a terminar en una fiesta o en la comisaría.
—Pero te gustaba —insistió—. Te gustaba que te sacara de esa biblioteca llena de polvo. Te gustaba que te obligara a gastar tus ahorros en un viaje a la playa del que regresamos sin zapatos, y eso que sabías que era millonaria. Admítelo, Nolan; yo te enseñé a respirar antes de que Ryne acomodara esas tazas.
En mi mente, el color de Nolan, su lienzo blanco apenas manchado de morado y amarillo, se manchaba con naranja.
No podía imaginarlo sin zapatos en una playa, siendo arrastrado por una chica que se acostaba con todos. Era inaudito en mi mente, en su idea.
Hasta que habló:
—Me enseñaste que no podía vivir así por siempre —respondió Nolan, y su tono se volvió suave, casi nostálgico—. Estar contigo era como quemar un billete de cien dólares solo por ver el color de la llama —tomó su taza, dándole un sorbo a su café—. Tal vez el naranja era bonito, pero desde que descubres el calor del amarillo —extendió su café—, entiendes lo que es vivir.
Mayo parpadeó un par de veces, antes de tomar asiento. —Se nota que has madurado —contestó—. Aunque fuera un poquito —tomó su taza, dándole un sorbo—. Un buen café caliente siempre se disfruta con este cómodo y único frío.
Desvió la mirada, viendo la pared amarilla, mientras una sonrisa regresaba a sus labios.
—¿No extrañas mi caos? —preguntó, mirándolo desde un costado—. Esa emoción que solo yo puedo darte.
—No —dijo él, y esta vez su voz fue firme—. Con Ryne no necesito que el mundo se queme para sentirme vivo. Ella es... la paz que no sabía que necesitaba.
Mayo bajó la vista. —Ella lo logró —confesó—. Una conexión mental —volvió a levantar la vista, con la mirada apretada—. ¿Eres consciente del sacrificio que das por ella?
Pude ver cómo su barbilla se apretaba, antes de que mi mano se extendiera en su ayuda, empujando la puerta sin querer. El chillido de las bisagras me delató, y como último instinto bostecé, rascándome los ojos. —Buenas tardes —dije, acercándome a ellos—. ¿De qué tanto hablan? ¿De café?
—Despertaste... —dijo Mayo, abriendo los ojos como platos.
En ese momento, Nolan se levantó, siendo el primero en darme un abrazo. —Me alegra verte, Ryne —contestó con una sonrisa al borde de las lágrimas, dándome un beso—. Ya te necesitaba.
Sonreí, robándole un yo también. —¿Por qué? ¿Pasó algo?
—Claro —dijo Mayo, dándole un sorbo a su taza—. Nolan y yo hablábamos sobre lo mucho que te gustaría que trabajara con ustedes —mintió con una sonrisa—. ¿Verdad que te encantaría eso, RyneRyne?